Entidad viscosa difícilmente contenida en las manos de un solo manipulador. En su interior hay  múltiples objetos fagocitados, en su tránsito, a través del tiempo. Entre ellos, sus ojos -dos- que  se mueven de manera azarosa e independiente uno del otro, lo que resulta de gran dificultad  para controlar la mirada. 

Espacio: superficie rectangular elevada a la altura de una mesa, con una posta de salida y una  de llegada en cada extremo. 

Se propone iniciar el recorrido pero en el intento de desplazarse es estrangulada y se divide en  dos partes. Como un gusano de tierra, cada parte cobra vida, no sin dejar de expresar el dolor  que este nacimiento múltiple implica. 

El desprendimiento vital provoca una herida de la que una erupción de mucosa interna que se  vuelve constante similar a un sachet de mayonesa mal cerrado.  

A medida que se derrite, expulsa sus componentes internos que (embadurnados con la materia  circundante) adquieren vida autónoma, en una acción que se vuelve exponencial como los  granos en la adolescencia. 

Cada nueva incorporación objetual se ubica en el punto de largada, donde comienza su carrera:  una tuerca, un botón, y una moneda, ruedan por la superficie viscosa e impedida; un boleto  capicúa y la etiqueta de una prenda desconocida, intentan planear sin éxito dando tumbos en el  aire; un dedal queda pegado a la mesa por sopapa y lamenta su suerte…  

El nacimiento continuo abarrota todo el espacio escénico de nuevos corredores, al punto de  desaparecer la escena tras sus cuerpos.  

La superficie rectangular se quiebra por el peso y superposición de acciones. En el medio del  caos, surge de las cenizas: un ojo en cada esquina.

Por Mariano Salvador Castillo

@marian0_castillo