“Todas las estructuras de la materia son frágiles e inestables y están sujetas a la regresión y la  disolución”, Bruno Schulz.  

Una mesa de corte, una aguja de tres metros baja y sube sobre un gran retazo de tela. Llueven  alfileres. De un tobogán bajan miles de figurines femeninos de papel madera. La aguja se  detiene. Del montón se levanta un figurín de una señora con caderas grandes seguida por el  figurín de una niña pequeña. La señora va hacia el retazo. La niña se queda en el tobogán.  

RETAZO DE TELA: El Keke Martínez murió hace dos meses, la escucho decir eso mientras  permanezco quieta, aunque tiemblo por dentro dichosa por qué no, asustada, arroz con leche  me quiero casar. Ataja un alfiler con su boca, me topa, me tumba mientras la dejan hablando  como una loca. ¡Ay mi piel de seda! Si a donde voy viene conmigo. Ahora que estamos juntas  con cientos de lunares veo como me mueve el viento. ¡Oh la pinza menuda! casi muero. Es una  hechicera.  

II 

En una vidriera posan cuatro maniquíes con articulaciones y jopos de colores. Dos tienen una  guitarra y visten catsuits de cuero negro, uno está sentado detrás de una batería y tiene una  musculosa de lentejuelas plateadas que iluminan todo el lugar y finalmente el último maniquí  se encuentra desnudo y sosteniendo un micrófono. A ese lo nombraremos Cantante. Al lado de  él, un perchero metálico largo con rueditas lleva muchas perchas con indumentaria variada. En  una de ellas se encuentra el retazo de tela que ahora es un vestido campana. Cantante deja  el micrófono y se acerca al perchero. Zigzaguea entre las ropas, se adentra, desapareciendo,  asoma la cabeza y la esconde. Empieza a cantar hasta veinte. Mueve las perchas de par en par  quedando ropa de un lado y del otro. Busca, huele, lame. Queda enfrente al vestido. Lo agarra,  lo penetra, se lo arranca, lo mira, lo vuelve a penetrar, lo tira al suelo, lo agarra, lo azota contra  el perchero metálico, lo incendia, junta sus cenizas, las come, las vomita volviendo a componer  el vestido, lo vuelve a penetrar, lo vuelve a tirar, lo agarra, lo raja, lo revolea. Cantante vuelve a  su lugar, toma el micrófono y queda inmóvil.  

VESTIDO CAMPANA: El que no se escondió se embroma.  

III 

Una montaña de carne podrida, frutas en descomposición, yerba húmeda, pañales con caca,  moldería de papel madera mojada por botellas que aún conservan gotitas de líquidos. En un  sector de la montaña empieza un pequeño incendio. En la base yace media campana del  vestido y a su lado un protector femenino con alas. 

MEDIA CAMPANA: ¿Qué qué qué claaaaaase de pájjjjjjaro…. ¡Co co co cómo quisiera  tetetener una esco co coba para… 

En la cima de la montaña baja lentamente una bola de basura. En la mitad del camino se  detiene y respira. Se infla, haciéndose más grande, toma impulso y baja a toda velocidad  colisionando con la media campana. La bola se posa sobre la media campana. Vocaliza. De  su boca salen miles de siluetas femeninas de vapores de benceno. Del montón se levanta una  silueta de una señora con caderas grandes seguida por la silueta de una niña pequeña. La  señora va hacia la media campana. La media campana empieza a cantar para atrás el Arroz  con leche. 

FIN.

Por María Florencia Cristaldo

@flocristaldo